Partidos de algún deporte, apuestas en línea, juegos de computador, trabajo para quienes estudian y trabajan, tareas de otros ramos y un sinfín de actividades ocurren hoy dentro de una sala de clases universitaria. Y es que la antes tan respetada y prestigiosa institución de la universidad, debido a su condición de fuente casi única del conocimiento avanzado, hoy parece haberse convertido, para muchos estudiantes, en un mero edificio al que ir a perder el tiempo mientras esperan que termine la clase.

Ese parece ser, en gran medida, uno de los rasgos del estado actual de la educación superior: uno en que, para una parte del estudiantado, el espacio y el tiempo de aprendizaje ya no resultan de interés, porque se considera que cualquier otra cosa es más entretenida o beneficiosa que escuchar al profesor. ¿Por qué sucede esto? Porque este último ya no parece estrictamente necesario. Antes existían pocas formas de adquirir conocimiento: mediante libros y de manera autodidacta, con un acceso limitado y un aprendizaje más lento, o a través de un profesor que ya dominaba ese saber y podía transmitirlo con mayor facilidad. Hoy, en cambio, las formas de adquirir conocimiento se han expandido enormemente. La respuesta a la gran mayoría de las preguntas científicas o sociales está a un clic de distancia. Incluso ya ni siquiera tenemos que buscar la información: simplemente se la preguntamos a una inteligencia artificial.

Sumado a la expansión masiva de quienes entran hoy a la universidad, resulta comprensible el deterioro de ciertas dinámicas universitarias. En la actualidad, ni siquiera parece existir, en muchos casos, una necesidad real de asistir a clases para aprobar los ramos: para el estudiante al que no le interesa la universidad, basta con tomar las presentaciones utilizadas, subirlas a la inteligencia artificial de su preferencia y leer el resumen que esta le entregue.

De este modo, la universidad, como institución central de la sociedad moderna y espacio privilegiado de reflexión, comienza a perder su sentido más propio. Su propósito ha sido históricamente fomentar el cuestionamiento de distintos puntos de vista, con el fin de formar una opinión propia a partir de argumentos reflexionados y discutidos. Ese es el valor y el fin último de la universidad. No se trata simplemente de obtener un título que permita acceder a un trabajo, sino de una razón de ser que va mucho más allá. Sin embargo, la universidad termina siendo percibida como una institución orientada a la producción, subordinada a incentivos como egresar la mayor cantidad posible de estudiantes o maximizar la publicación de papers indexados, dejando en segundo plano su propósito principal.

Pero, volviendo al tema de fondo, el desinterés que se observa en ciertas prácticas dentro de la sala de clases resulta hoy vergonzoso, ya que evidencia algunos de los problemas centrales de la sociedad moderna.

En primer lugar, la escasa, o incluso nula, capacidad de concentración de muchos estudiantes, y también de gran parte de los adultos, producto del uso de tecnologías como los teléfonos móviles y otros dispositivos. Estas han dado lugar a ecosistemas algorítmicos, utilizados principalmente por redes sociales, cuyo objetivo casi exclusivo es mantener a las personas el mayor tiempo posible dentro de la aplicación, mediante la estimulación constante de nuestros sistemas neurológicos. Como consecuencia, una vez que se retorna a la “realidad”, desprovista de los estímulos artificiales de estos entornos digitales, esta comienza a percibirse como aburrida y poco atractiva. Es por ello que, tras escuchar al profesor durante apenas diez minutos, no pocos estudiantes terminan realizando cualquier otra actividad que resulte más estimulante. ¿Cómo cuáles? Desde jugar una partida de Age of Empires hasta arriesgar dinero en juegos de póker, prácticas que he presenciado directamente.

En segundo lugar, aparece un fenómeno que denomino, siguiendo una idea planteada por Carlos Peña, la paradoja de la información. A primera vista, podría pensarse que a mayor cantidad de información disponible, mayor sería el nivel de conocimiento de la población. Sin embargo, ocurre algo distinto. A medida que aumenta la información accesible, las personas no necesariamente la aprovechan; más bien, se produce un efecto análogo al económico: frente a una mayor “oferta de conocimiento”, disminuye su valorización. Como resultado, se genera una forma distinta de ignorancia, producto no de la escasez, sino de la sobreabundancia de información.

Para comprender este punto, basta comparar la situación actual con la de siglos anteriores, cuando el profesor y la sala de clases constituían prácticamente la única vía para abandonar la ignorancia. Hoy, en cambio, no prestar atención al profesor puede no implicar un costo real para el estudiante, ya que gran parte de lo que se explica suele estar contenido en presentaciones disponibles para los alumnos. Incluso cuando esto no ocurre, siempre existe la posibilidad de recurrir a una inteligencia artificial para que explique la materia. Este hecho también dice mucho sobre la dinámica pedagógica contemporánea, aspecto en el que podría atribuirse cierta responsabilidad a los propios profesores.

En tercer lugar, a mi parecer, existe cada vez menos respeto por la autoridad o, como mínimo, por las figuras guía de nuestra sociedad. En lo personal, una de las profesiones a las que más respeto y admiración tengo es la del profesor, ya que prepara a las futuras generaciones y debe ser respetado por el saber que posee y por la función social que cumple. Puedo entender que alguien, como nos puede ocurrir a cualquiera, tenga dificultades para concentrarse en una clase y termine optando por algo más estimulante. Sin embargo, algo muy distinto es hacerlo frente al profesor, manifestando de manera explícita un desinterés no solo por lo que enseña, sino también por la autoridad que representa y el respeto que su rol merece.

Cuando ocurre de manera sostenida y explícita, esta actitud refleja un doble menosprecio: por una parte, hacia el lugar de privilegio que supone estar en la universidad, especialmente si se considera que hace solo unas décadas en nuestro país el acceso a la educación superior era mucho más limitado; y por otra, hacia la figura del experto que se tiene al frente, ambos elementos progresivamente desvalorizados como resultado de su mayor accesibilidad.

En suma, la situación actual no resulta alentadora. Con los avances tecnológicos desarrollándose de forma exponencial y una accesibilidad casi irrestricta de niños y jóvenes a un teléfono, el escenario a corto plazo no se proyecta de manera positiva. Si bien los legisladores chilenos han logrado identificar parte de este problema, como lo demuestra la reciente ley que prohíbe celulares en las salas de clases, parece evidente que aún queda mucho trabajo por delante.

No solo se trata de abordar los problemas mencionados, sino también de enfrentar el vacío de sentido en torno al cual comienza a girar la instrucción universitaria. Frente a una parte del estudiantado que parece haber perdido de vista el valor del lugar en el que se encuentra, lo mejor que pueden hacer los profesores es demostrar que estar en la sala de clases y escucharlos sí tiene un valor, y que esa instancia es más que una simple lectura de un PowerPoint. Puede convertirse en un espacio de reflexión, discusión, formulación de opiniones frente a un texto y escucha activa de las ideas de los demás. En definitiva, una instancia para detenerse y pensar por un momento, algo que, en los tiempos que vivimos, constituye un acto profundamente revolucionario.